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Rómulo Betancourt y su fuerte su arraigo pueblerino

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Por Aníbal Palacios.

romuloRómulo Betancourt, la más relevante figura política de la democracia venezolana del siglo XX, apenas vivió once años en Guatire, pero fueron suficientes para impregnarse de una atmósfera aldeana que jamás olvidó y cuya espiritualidad mantuvo a pesar de los avatares políticos que le tocó vivir.

Para 1908 Guatire era un pequeño pueblo cuyo espacio urbano lo ocupaban alrededor de dos mil ciudadanos. En una pequeña casa de la calle Bolívar, cerca de Candilito, vivía Luis Betancourt, de origen canario, y su esposa guatireña Virginia Bello y allí nació el 22 de febrero un niño bautizado como Rómulo Ernesto. Aunque en esa época no se le denominaba así, podemos decir que la familia Betancourt-Bello era de clase media baja, con los apuros económicos que este grupo social ha tenido en cualquier período. Al mejorar su situación, la familia se mudó a la calle Miranda, en la casa que hoy es sede de la Biblioteca Don Luis y Misia Virginia.

Niñez determinante

La familia se mudó a Caracas en 1919, pero esos primeros años coexistidos en la sencillez y calidez de la vida aldeana marcaron para siempre a Betancourt de manera tal que ni la cárcel, ni el exilio, ni la clandestinidad, ni los quehaceres de su investidura política, pudieron desarraigar de su vida la espiritualidad pueblerina, y más bien sirvieron para fortalecerlo en momentos en que el ánimo se debilitaba ante las muchas dificultades que tuvo que sortear.

Amigos como Luis Felipe Muñoz, Dimas Bolívar, Chuchú García y Pablo Antero Muñoz, entre otros con quienes compartió escapadas al pozo Las Catanas del rio Pacairigua y disfrutó las travesuras infantiles de la época, nunca fueron olvidados en las buenas ni en la malas. Figuras fraternales como Isidoro Gámez, heredado de su padre, Elías Centeno, Miguel Lorenzo García, Antero Muñoz, Régulo Rico y Vicente Emilio Sojo, de quienes recibió consejos, orientaciones y algún oportuno tatequieto, siempre merecieron el respeto y la consideración de un agradecido discípulo. Todo el ambiente que se generó en torno a estos y otros personajes, aunado a la enseñanza familiar de valores como el amor por el terruño donde nacemos y nos formamos, convirtieron a Betancourt en un guatireño a carta cabal.

Rómulo no fue dotado de oído musical, lo cual fue una circunstancia afortunada;a fin de cuentas, la aldea ya tenía a Vicente Emilio Sojo. Decimos esto porque vivía justo enfrente de la casa de Régulo Rico y no aprendió a tocar ningún instrumento, para fortuna del país. Su preferencia por el rio Pacairigua en detrimento del rio Guatire era un asunto de longitudes; en cinco minutos llegaba al primero, mientras que el otro requería una caminata de media hora. Betancourt visitó al pueblo en 1945; sus viajes al terruño habían dejado de ser clandestinos desde el advenimiento al poder de Isaías Medina Angarita. Esta vez venía en calidad de Presidente de la República; en un acto en la Plaza 24 de Julio al doctor Gilberto Useche, en nombre de la comunidad zamorana, le correspondió solicitar la construcción de una escuela, la que hoy conocemos como Elías Calixto Pompa.

Anecdotario aldeano

Betancourt aprendió a leer y escribir guiado por las Hermanas Hernández, colindantes vecinas que dirigían una escuela de primera enseñanza para damas. En aquel entonces varones y hembras recibían clases en planteles separados, por lo que Rómulo no era formalmente alumno de las Hernández sino que ellas, como amigas de la familia, asumieron esa tarea; pero la mamadera de gallo de los amigos más grandecitos hicieron insoportable el aprendizaje y un buen día se presentó en la escuela dirigida por Elías Centeno, ubicada a tres cuadras de su casa, en la esquina donde hoy justamente está el Grupo Escolar Elías Calixto Pompa y que en esa época conformaba una cuadra perteneciente a la Familia Nicolai, propietarios de la hacienda cafetalera El Norte. Entre maestro y alumno se produjo el siguiente diálogo:

  • Don Elías quiero que usted me enseñe”

  • Pero Rómulo, no tienes la edad suficiente para asistir a este plantel”

  • Yo no quiero ir más a la otra escuela”

No hubo maneras de convencerlo de que era muy pequeño para ese nivel; la terquedad, al parecer, le venía desde niño al futuro dirigente político. Virginia Betancourt opina que se trataba de perseverancia, no terquedad. Lo cierto fue que Elías Centeno se convirtió en maestro formal de Rómulo con gran ascendiente en su vida extraescolar.

en-la-iglesiaPerseguido político de Juan Vicente Gómez y Eleazar López Contreras, Betancourt algunas veces se escondía en la casa de Chucho Pacheco, a una cuadra de la Jefatura Civil. Cuando eso ocurría las hijas de Pacheco no salían a jugar a la plaza, justo enfrente, por temor a deslices infantiles. Cuando Elías Centeno, a la sazón Jefe Civil del Municipio, se percataba del hecho mandaba un mensaje con los amigos: “Dile a Chucho que le aconseje a Rómulo que se vaya, que no me comprometa porque me lo están pidiendo y yo sé que él está allí”. Y Betancourt no abusaba ni de la hospitalidad de Pacheco ni de la tolerancia y complicidad de Centeno; al día siguiente las niñas volvían a jugar en la plaza. Tiempo después, una tarde se presentó un anciano en casa de Centeno; Elías lo reconoció pese al convincente disfraz:

  • Rómulo ¿qué haces aquí, no sabes el peligro que corres?”

  • Ayúdame Elías, me están acorralando”

  • Me pones en un aprieto entre el deber de funcionario y el de amigo”

Privó la amistad, y Elías Centeno ayudó a escapar al fugitivo político. Años más tarde Betancourt se acordó del gesto. Cuando derrocaron a Isaías Medina Angarita, las nuevas autoridades adecas detuvieron a Elías Centeno, Ángel María Daló y Manuel María Yánez. Al enterarse, Betancourt se enfureció y ordenó la inmediata libertad de los detenidos. La solidaridad con sus amigos era absoluta; cuando murió Isidoro Gámez, el 11 de octubre de 1945, al no poder asistir al sepelio por razones que saldrían a la luz siete días más tarde, hizo un alto en sus actividades encubiertas para enviar un telegrama con sentidas palabras para manifestar su pesar por no poder estar presente.

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A Rómulo le tocó vivir el nacimiento del beisbol en Guatire, ocurrido en 1918, y desde entonces se identificó con este deporte. En la década de los treinta, cuando se consolidó este juego en nuestra población, todo guatireño que se considerara tal tenía que seguir al Guatire o al Pacairigua, los dos equipos del momento. Rómulo era fanático de este último, tal vez por afinidad con el rio que lo acogió en su niñez, ya que tuvo pocas oportunidades de verlo jugar por ser momentos de persecuciones políticas y vida clandestina.

romulo-iiEn 1960 invitó a todos los guatireños residenciados en Caracas para salir en una caravana desde el Paseo Los Próceres hasta la Iglesia Santa Cruz de Pacairigua, e instituyó el reencuentro entre paisanos el día de la Santa Patrona. Cuando se planteó el problema del deterioro físico de la iglesia, y ante la petición de algunos ciudadanos de construir una nueva, no quiso tomar la decisión por sí solo y convocó a los dirigentes de la comunidad (Vicente Milano, Manuel Hernández Suárez, René García, Guido Acuña, Luis Felipe Muñoz, Germán Pacheco, Mariano Marianchic, Gilberto Useche, Francisquito León, entre otros) a una reunión en el Palacio de Miraflores. Un informe de ingeniería del Ministerio de Obras Públicas confirmaba el deterioro de la edificación y recomendaba su demolición frente al temor de que no resistiera otro terremoto, que al final se produjo cinco años después. Rómulo se inclinó por la sugerencia técnica y Dimas Bolívar, camarero de Palacio, amigo del Presidente y guatireño conservador le recriminó al Presidente: “A ti no te duele la iglesia porque no fuiste bautizado en ella”; es que en esa reunión el Presidente se despojó de su investidura y actuó como un ciudadano más.

Gabinete aldeano

Ese día, tal vez para disminuir la tensión del momento, Betancourt apeló a una de sus facetas menos conocida: el humorismo; así, propuso la creación de un Gabinete Ejecutivo con puros guatireños, por lo que designó al diputado Guillermo Muñoz, Ministro de Hacienda; a Cruz Ana Ortega (esposa de Leopoldo Sucre Figarella) Ministra de Obras Públicas; César Gil Gómez, Ministro de Educación; el Obispo Feliciano González fue nombrado Cardenal, y así conformó un equipo de trabajo completo con sus entusiastas paisanos.

Mantener la costumbre

Una vez concluido su mandato, Betancourt no dejó de visitar al pueblo; cualquier oportunidad era propicia para visitar reservadamente a sus amigos, pero un 3 de mayo era casi imposible pasar inadvertido porque todo el mundo esperaba su presencia y aspiraba a que aceptara invitaciones a almorzar. Esto último no le incomodaba, sólo que carecían de la intimidad en la que prefería reunirse. El 29 de junio de 1975 acudió a la celebración de la Parranda de San Pedro, y luego de aceptar uno de tantos agasajos, sobre la marcha cambió de parecer Su intención era ir a casa de Luis Felipe Muñoz, en Macaira, como era su costumbre, pero afuera había mucha gente esperándolo, por lo que decidió darle una vuelta la manzana y repentinamente e inesperadamente se presentó en casa de Emilia Gámez, hija de su entrañable amigo Isidoro Gámez. Allí se auto invitó a almorzar (o se coleó, si le parece a usted mejor) y en compañía de Marcos Falcón Briceño y Jesús María Graterol puso en aprieto a la desconcertada anfitriona, quien le ofreció lo que había preparado para sus hijas que venían a visitarla: mondongo, pernil y ensalada de gallina; el postre era quesillo y dulce de lechosa, y Betancourt adicionalmente solicitó conserva de cidra. Al convite se incorporaron Luis Felipe y Pablo Antero Muñoz y la puerta, siempre abierta un 29 de junio, se cerró a cal y canto. A duras penas lograron entrar las hijas de Emilia. Por casualidad, la familia Porto (que elaboraba las exquisitas conservas) vivía casi enfrente, en el Cerro de Piedra, y Emilia simplemente cruzó la calle en su búsqueda. Previsiblemente trajo más de lo requerido para el momento, porque el ex Presidente pidió para llevar; los sabores pueblerinos aún perduraban en su memoria y en su paladar. Rómulo siempre conservó su carácter aldeano y el apego sentimental por el terruño, a pesar de haber vivido aquí apenas once años.

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