Caracas es… Un artículo de Marlon Zambrano

Por Marlon Zambrano.- Caracas es: el técnico de reparaciones de Casiolandia de la esquina de Madrices se llama Jefry.  A las 8:30 am ya está abierta la tienda y el dependiente acude a mi solicitud.  “Si pana, nosotros reparamos eso”. A mi reloj se le cayó la aguja que marca el día de la semana. […]

Por Marlon Zambrano.-

Caracas es: el técnico de reparaciones de Casiolandia de la esquina de Madrices se llama Jefry.  A las 8:30 am ya está abierta la tienda y el dependiente acude a mi solicitud.  “Si pana, nosotros reparamos eso”.

A mi reloj se le cayó la aguja que marca el día de la semana.  A mí que me importa, pero se ve feo y me puede trabar las demás agujas.

“Déjame preguntarle al técnico” y entra en un misterioso cuarto oculto tras una pared mimetizada al fondo. Regresa en medio minuto y no me mira a los ojos sino que casi susurrando, desde las entrañas, me dice el monto, de una: “son 10 mil”.

¿Eso será mucho o poco?  Me pregunto desconfiado.  Malamañoso y lento, le pido un chance mientras salgo a hacer otra diligencia.  Mentira, voy a buscar otras opiniones de los alrededores para comparar.

La operación se repite una y otra vez. Cada dependiente, en cada tienda del centro, se interna en un cuarto oscuro al fondo, para regresar con los precios pactados por un gurú sombrío que cada vez le agrega unos ceros más a la operación.

A esa hora la ciudad está fresca, la gente comienza a desbordar las caminerías lustrosas de los primeros soles y cuando vine a ver ya me estaban cobrando 30 mil bolívares por la reparación.

“El tipo es Jefry”, pensé, y como a la media hora regreso a Casiolandia, en el corazón inaugural de Santiago de León de Caracas. Me atiende una chica, le hago el mismo pedido, llama a Jefry que aparece transmutado desde la puerta lateral disimulada con estanterías forradas de calculadoras.

Me emociona conocerlo, me había hecho alguna idea de su aspecto. Jefry se acomoda a mi lado, toma el reloj, lo acaricia con firmeza de sabio, se toca la barba, me mira, mira a la muchacha, ella lo mira con cierta electricidad sensual. “Mira pana, para acomodarlo tengo que sacarle las tres agujas, calibrarlo, ajustar la mica, cogerle el peso… Lo de las agujas son 15, calibrarlo son 5, lo demás son como 10 más…”.

Lo atajo antes de que siga en bajada: “¡chamo, pero hace cinco minutos me mandaste a decir que eran diez!”. Se toma la barba de nuevo, no me mira. Sudo.  La chica, a nuestro lado mira a un punto ciego. Sudo. Un gesto casi imperceptible delata su escasa memoria y su exceso de viveza, arruga un poquito el ceño y me dice: “¿Diez? Bueno… dame diez”.

Plomo. Se lo entrego para que se lo lleve al cuartico del misterio. “A pana, pero eso es en efectivo”. “A bueno, ya te lo traigo”.

Mil cajeros colapsados, no hay efectivo, los repartidores de avance andan lanzando a traición: unos cobran 15, 20 por ciento. Resuelvo donde mi “avanzador” de confianza. Regreso con la plata contento.

Caracas es alegre a cualquier hora del día pero a media mañana estalla en fuegos artificiales de sonrisas perladas. Casi todo va a la deriva pero la gente canta, pasea, compra, las damas destrozan sus caderas con un tongoneo de culo que no es de este mundo. En Casiolandia la muchacha me lleva aparte, se abre un bolsillo de su chaqueta, me habla casi por señas, me dice apenas, triunfante: “papi, echa la plata aquí”.

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