El Rey del Bollo

Aunque uno se pierda entre las tenazas empedradas de su bulevar, las callecitas fiesteras enlazadas por el azar y las fachadas borradas por los recuerdos inventados, uno vuelve a Catia desde el laberinto de los olores.
Por Marlon Zambrano

No ya a las esquinas referenciales, ni mucho menos a los rostros conocidos, sino a la emotividad de la infancia, con aroma a albahaca, romero, yerbabuena, papa rellena, majarete, empanada de mechada, envuelto andino. Uno regresa a partir de la evocación gustativa para situarse en el edén del mercado del domingo, donde coinciden 16 vórtices solares en ese delta imposible de la Plaza Pérez Bonalde, con la piel curtida del pueblo trashumante que, durante la migración del medio siglo pasado, arribó con sus encantos y sus miserias a El Dorado de los espejismos.

Catia se convierte, por artificios de la memoria, en la poblada que arrastra su alegría obrera desde Propatria, Casalta, Los Flores, Gramovén, Tenerife, Madeira, Quito, Lima, Cúcuta, San Cristóbal, Maracapana.

En Catia se borran las fronteras y se teje la geografía humana entreverada de deseos y de supervivencia.
Si no quieres comer, te provoca pararte a oír: “Dime, rey, ¿qué vas a comer, mi vida?”, el grito complaciente de Wendy, Ana y Elidé. Ese guiño gratuito de gente sencilla, que habla con afecto del familión andino anclado en una esquina, apiñada debajo de unos inmensos paraguas.
De pronto se escucha un rugido que puede pasar por oferta carnal: “Toma tu booooollooooo”, que resuena en los 16 confines de la plaza de las 16 esquinas.

Allí se exhibe, como una cayena en flor, El Rey del Bollo, una esquina de solera con los sabores primigenios del pan de los pobres.

En la calle La Engracia, sobre una trocha del bulevar y a un costado del Mercado Municipal, desde hace años Blanca Alicia Estupiñán ofrece el bollo. En este país esa expresión se presta para las más excitantes reminiscencias, aunque eso es lo que hacen allí: el bollito de masa de maíz relleno de guiso de carne, pollo o chicharrón, envuelto en hojas de plátano, te lo abren y te lo sirven, solo o acompañado (con ensalada de gallina o pollo), para que la erótica del gusto se abra paso entre bocado y sorbo.

Actualmente Richard Vega Estupiñán es el encargado, sus hermanas y alguna amiga las que sirven y su mamá la cocinera y guardiana de la tradición familiar, que se remonta a la población de Rubio, estado Táchira, donde se inició el rito del bollo con una abuela que hace más de sesenta años vendía su condumio de puerta en puerta, paseandito la Calle Real.

Su madre aterriza de pronto y se sitúa a sus espaldas para corregir lo que va contando. Es un portento paramero de 71 años, uñas postizas de gata, camiseta ceñida y licras atigradas, con una vitalidad sorprendente. Trabaja los 365 días del año.

El bollo es un asunto de gustos y de urgencias —en todos los casos—, pero en el Rey está elevado sobre un altar de tentaciones: un jugo de guanábana que es casi una crema, ensalada rallada al gusto, trato impecable, roce de pieles, salsas de diversos verdores y el arribo intempestivo de algún vendedor informal con mercancía —lícita o no— preparada para la transacción inmediata.

También venden hallacas y comidas especiales por encargo. ¡Y ahorita en diciembre no se dan abasto!

 

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