La cola de la curda

Por Marlon Zambrano.- Últimamente todo me agarra desprevenido. Luego de tomar la dramática decisión de desenchufarme de los medios, vistos los permanentes e insufribles desengaños después de cada anuncio oficial, la vida me sorprende cada día, lo cual no es despreciable. Cada amanecer tiene un hálito de esperanza y la calle pare prodigios. El otro […]

Por Marlon Zambrano.-

Últimamente todo me agarra desprevenido. Luego de tomar la dramática decisión de desenchufarme de los medios, vistos los permanentes e insufribles desengaños después de cada anuncio oficial, la vida me sorprende cada día, lo cual no es despreciable. Cada amanecer tiene un hálito de esperanza y la calle pare prodigios.
El otro día dijeron que se negaba todo aumento de pasajes, y el bicho se triplicó. Congelaron los precios de un coñazo de productos de la dieta básica, y al día siguiente los que no desaparecieron velozmente, pasaron a costar 10 veces más. Hidrocapital me pasó, por mensajito de texto, la reactivación de mi día de parada del servicio (los jueves) y sorprendentemente, es el único día que llega agua a la casa, eso sí, cada 15 días y si acaso un rato en la mañana. No hablemos de lo del pernil para no sodomizarnos.
Era jueves y me fui pal pueblo a intentar comprar un complemento de la cena navideña que sería, en esta ocasión, un injerto de pasta al pesto, con menos pasta que pesto. Conseguí una rama de albahaca marchita que sabía a chiripas muertas, los piñones los sustituí por pan de pobre (juro por Dios que surte el mismo efecto), el parmesano pasó a ser la ralladura de una vaina que llaman “queso popular” y el aceite de oliva, un enigma inexpugnable.
En la otra acera, por arte de magia, se engendró una cola de tres cabezas que rápidamente se mimetizó entre los buhoneros y 17 colas más de distinta índole. La más nutrida desembocaba frente a una tienda de pantaletas que tenía al lado una sucursal de Prolicor con la santamaría aún abajo. No alcanzaba a entender que la gente estuviera haciendo colas nerviosas para comprar ropa interior, aunque recordé la superchería aquella de estrenar pal 31. Esperé el movimiento, angustiado, pesando en la posibilidad de entrompar también y estrenar interiores amarillos en menos de 100 mil bolos la unidad.
Mi rostro se agrietó, con vastísimo asombro, cuando la policía municipal inició las operaciones de apertura del portón y la numeración de los peregrinos que tendrían el privilegio acomodaticio de comprar la caña rebajada en Prolicor.
Como en una escena ralentizada de telenovela de los ‘80, cuando la jeva ciega sale corriendo al encuentro de su amado Carlos Augusto en cámara lenta con dos lagrimones de artificio en los ojos, me disparé al extremo perdido de la cola a ver si Dios hacía el milagro y quedaba una botella para mí, luego de aquella rebatiña.
Experimenté, por decir lo menos, una montaña rusa de emociones: la ladilla de la cola; el temor de que algún hijoeputa hiciera la foto de los borrachos en procesión por la puta caña y la colgara en Facebook con el eventual comentario ofensivo: “para eso si hacen colas, marditos”; la desazón por los precios con sus interrogantes impostergables: ¿me alcanzará la plata, compro ron y ginebra, solo ron, del caro o del barato, habrá cocuy, y en cuánto estará la cerveza?; y una sed opresiva en la medida en que corría la mañana y la tienda, poco a poco, se iba alejando de mis esperanzas.
“El borracho sufre” es el grito de guerra de mi pana Enrique Hernández. Juro que no conocía la dimensión exacta de esa frase hasta que a 10 kilómetros de la puerta de la tienda y luego de 5 horas en romería, un funcionario anunció el apocalipsis: “se acabó la curda, papá”.
Fue, para no exagerar, como un desgarramiento del corazón; el crujir del alma en su último aliento agónico. Peor aún, cuando al intentar sacarme el despecho pretendí comprar una birra en 20 mil la botella chiquita. No la compré por un asunto de ética y resistencia, y me devolví para mi casa pensando en averiguar con quién se queja el borracho ante tan terrible situación.

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