Teresita y la perola de leche

En esta oportunidad la Biblioteca Digital de guatire.com publica "Teresita y la perola de leche". Se trata del segundo cuento de Majandra Hernández, aunque cronológicamente fue el primero que escribió. Se inspira en la soledad de una niña que, ante la adversidad, reflexiona sobre un tema que en rigor es materia de personas adultas.

Teresita y la perola de leche

Majandra Hernández

Teresita era una niña que vivía en un pequeño pueblo, hace algún tiempo atrás.

Su infancia transcurría apacible entre el cuarto de costura de su madre, el gran patio de la vieja casa y la ventana de barrotes de madera, desde la que regalaba su mirada a los demás.

Ella cantaba y jugaba en su triciclo, siempre consigo misma como compañía y a la espera de su papá quien llegaba puntualmente cada tarde, asomando su figura rechoncha y bonachona. Teresita, pendiente al escuchar la camioneta de su padre, salía corriendo a ponerse los zapatos, pues le encantaba andar descalza y despreocupada.

Luego que él llegaba lo abrazaba y después de la cena su papá la sentaba sobre sus piernas para ver en el televisor películas de vaqueros que le encantaban y ella de vez en cuando se asustaba al ver salir a los indios con sus arcos y flechas, y corría a esconderse detrás del sillón a esperar que volviera la calma. Pero lo que en verdad disfrutaba Teresita era que su papá la acurrucaba con ternura entre sus brazos.

Y así pasaba el tiempo, en las tardes de ventana, viendo caras de niños, cielos azules y grises, gotas de lluvia con pompas de barquitos de papel que discurrían calle abajo. Un día, inesperadamente, su padre llegó y ya no volvió a salir jamás de su habitación. No veía alegría en su mirada, no había ni indios ni vaqueros; él solo, ausente, preguntándole al viejo espejo: dónde estaba, porque él no se encontraba. Teresita lo acompañaba, le llevaba de comer y lo escuchaba hablar a solas consigo mismo; sin comprender los cielos oscuros que por él pasaban.

Su madre vigilaba lo que pasaba; comentaba, buscaba médicos, siquiatras y curanderos, a ver si mejoraba. Teresita vivía ahora tiempos de angustias sin que nadie se percatara.

Una madrugada su mamá dio un grito. Teresita despertó y comprendió qué había pasado: su papá se había ido atado a una cuerda. Ella le dio una última mirada en su lecho, sin moverse, untado de tanto formol; con gente que entraba y salía. Vecinos, familia, extraños y amigos y ella refugiada en un rincón con su silencio.

Ya saliendo el cortejo, Teresita lo acompañaba y al pasar frente a la iglesia oyó que doblaban las campanas, pero no podían entrar. Recordó haber oído entre susurros  que las puertas del cielo no se le abrían a los que a una cuerda atados se van. Justamente a ese cielo que ella tanto amaba, con azules infinitos y lluvias de sueños.

Al pasar los días llegaron los rezos pidiendo el perdón para que su alma llegara al cielo. Allí cada noche su madre contaba lo sucedido una y otra vez, cada quien opinaba y Teresita escuchaba. En una ocasión un primo, en tono de chanza, dijo: “lo que pasó es que mi tío se monto en una perola de leche y mi tía le dijo:

-¡Cómo haces eso, la leche está muy cara!

Y se la quitó; él se cayó y la cuerda lo haló… y todos se rieron.

Y es así como Teresita aún se pregunta ¡si la perola de leche fue la razón por la que su papá ya no estaba!

 

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